El viejo francés estuvo a punto de desaparecer
Alain Terzian temía que los personajes medievales hablando con vocabulario antiguo espantaran a parte del público. Clavier y Poiré insistieron en que precisamente esa diferencia debía conservarse.
Alain Terzian temía que el público joven no entendiera una comedia medieval hablada con palabras antiguas. Christian Clavier y Jean-Marie Poiré pelearon por mantenerlo, Poiré buscó vocabulario en diccionarios especializados y expresiones como “merdasse” terminaron formando parte del ADN de la película.
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Jean-Marie Poiré y Christian Clavier convirtieron el choque entre un caballero medieval y la Francia contemporánea en uno de los mayores fenómenos comerciales del cine francés de los noventa. Jean Reno encarna a Godefroy de Montmirail y Clavier interpreta a Jacquouille la Fripouille, dos hombres de 1122 lanzados por error a un mundo que no entienden y que tampoco sabe qué hacer con ellos.
Christian Clavier ha recordado que el productor Alain Terzian veía el lenguaje medieval como un enorme riesgo comercial: temía que fuera caro, poco gracioso e incomprensible para el público joven. Poiré respondió investigando vocabulario histórico que sonara antiguo pero que pudiera entenderse por contexto. La decisión de no “normalizar” a Godefroy y Jacquouille terminó siendo esencial para que el choque temporal tuviera personalidad propia.
Lenguaje medieval, dobles papeles, un éxito gigantesco en Francia y una versión americana que salió mucho peor de lo esperado.
Alain Terzian temía que los personajes medievales hablando con vocabulario antiguo espantaran a parte del público. Clavier y Poiré insistieron en que precisamente esa diferencia debía conservarse.
El director explicó que pasó horas seleccionando términos que sonaran medievales pero pudieran entenderse por contexto. El objetivo no era reconstruir lingüísticamente el siglo XII, sino fabricar una lengua cómica creíble.
Expresiones como “merdasse” o “souplette” tenían el equilibrio perfecto: sonaban arcaicas, eran divertidas y podían comprenderse sin necesidad de subtítulos dentro del propio francés.
Poiré concibió el punto de partida y escribió después el guion y los diálogos junto a Christian Clavier. La película nació de la idea de enfrentar mentalidades medievales con objetos, costumbres y jerarquías modernas.
Además de interpretar a Jacquouille, fue coautor del guion y de los diálogos. Eso explica por qué el personaje está tan integrado en el ritmo verbal de la película.
Además de Jacquouille la Fripouille, encarna a Jacquard, su descendiente contemporáneo. La película aprovecha el parecido físico para convertir las diferencias de clase y modales en una broma constante.
Interpreta tanto a Frénégonde, prometida medieval de Godefroy, como a Béatrice de Montmirail, su descendiente en el presente. Esa duplicación ayuda a que Godefroy crea haber encontrado a alguien de su propio tiempo.
Vial interpreta al hechicero Eusæbius y a Ferdinand Eusèbe, su descendiente moderno. El gag de los linajes atraviesa buena parte del reparto.
El nombre funciona especialmente bien para un oído francés porque la pronunciación de “Jacquouille” permite un juego fonético vulgar que se pierde casi por completo en traducción.
Godefroy descubre que su linaje sigue existiendo, pero el castillo familiar ya pertenece a un mundo social y económico que él no comprende. La broma temporal se convierte también en choque de clases.
Baños, coches, teléfonos, electricidad o comida moderna resultan monstruosos o incomprensibles para los visitantes. El guion explota continuamente el hecho de que el espectador conoce las reglas y ellos no.
La película convierte la tecnología cotidiana en algo sobrenatural visto desde ojos medievales, una inversión muy eficaz del típico relato fantástico.
Terminó el año muy por encima del resto de estrenos nacionales e internacionales, superando incluso a fenómenos como Jurassic Park en el mercado francés.
La web oficial de Jean-Marie Poiré registra 13.728.242 entradas al final de su primera explotación. Fue uno de los mayores éxitos comerciales del cine francés de su época.
En julio de 1993, con más de 8,7 millones de entradas, el periódico francés ya señalaba que la película estaba camino de convertirse en uno de los mayores éxitos registrados en Francia desde los años setenta.
Los datos del ICAA registran más de 1,04 millones de entradas en nuestro país, demostrando que el fenómeno consiguió viajar bastante bien pese a depender tanto del lenguaje y de referencias francesas.
Una respuesta del Senado francés situó el presupuesto total del film en 60 millones de francos, una producción ambiciosa para una comedia francesa de comienzos de los noventa.
La cadena pública aportó 7 millones de francos como coproductora y otros 7 millones por los derechos de primera emisión, con incentivos ligados al número de espectadores.
El Ministerio francés estimó posteriormente que France 3 recuperaría a corto plazo entre 15 y 16 millones de francos y describió la operación como financieramente muy buena.
El director realiza un pequeño cameo como campesino. Es una aparición mínima dentro de una producción que él había concebido, escrito y dirigido.
La narración inicial ayuda a presentar el contexto medieval con solemnidad, antes de que la película empiece a desmontar ese tono mediante caos y comedia.
La partitura acompaña la mezcla de aventura medieval y comedia contemporánea, reforzando el contraste entre la grandilocuencia de Godefroy y las situaciones absurdas que vive.
En la mayoría de relatos de viajes temporales, el pasado es lo extraño. Aquí la cámara sigue a personajes medievales y convierte 1992 en un territorio incomprensible, lleno de máquinas, costumbres y amenazas.
Aunque ambos están perdidos, Godefroy conserva autoridad y disciplina. Jacquouille, en cambio, interpreta el presente desde sus obsesiones más básicas y descubre rápidamente libertades que no tenía como sirviente.
Para la versión estadounidense, Mel Brooks fue contratado para escribir y grabar diálogos en inglés. El experimento no funcionó como esperaban.
La prueba con diálogos en inglés no convenció al público y Poiré la rechazó, considerando que convertía la película en una caricatura de franceses hablando con acento exagerado.
Miramax terminó estrenando la película varios años después de Francia, ya con subtítulos estándar y sin aquella adaptación de Mel Brooks.
El contraste con Francia fue gigantesco: lo que allí había sido un fenómeno nacional encontró un mercado mucho más pequeño en salas estadounidenses.
En 2001 llegó Just Visiting, nueva versión en inglés dirigida otra vez por Jean-Marie Poiré y protagonizada de nuevo por Jean Reno y Christian Clavier.
Hollywood no sustituyó a la pareja protagonista: mantuvo su química y adaptó el entorno a Estados Unidos, intentando traducir el concepto más que copiar plano por plano la película francesa.
La primera película dio lugar a nuevas entregas que recuperaron a Godefroy y Jacquouille, demostrando que los dos viajeros habían trascendido la premisa inicial para convertirse en personajes de franquicia.
El reto era que el pasado pareciera serio y que el presente pudiera deformarse hasta convertirse en territorio fantástico.
Catherine Leterrier diseñó los trajes medievales y contemporáneos, ayudando a que Godefroy y Jacquouille parecieran físicamente fuera de lugar en cada espacio moderno.
Hugues Tissandier se encargó de una dirección artística donde castillo, casa, restaurante y espacios modernos debían sentirse parte de una misma historia familiar distorsionada por el tiempo.
Jean Reno rara vez “guiña” al espectador. Godefroy se comporta como si cada situación fuera real y grave, lo que hace más cómico el choque con el mundo moderno.
La electricidad, la comida, el dinero o la posibilidad de no obedecer a un señor no son simples gags: cambian la forma en que el personaje entiende su propia posición social.
Catherine Kelber combina aventura medieval, comedia física y diálogo rápido contemporáneo, haciendo que el cambio de época nunca rompa el impulso de la historia.
Incluso cuando todo a su alrededor es absurdo, la banda sonora puede tratarlo como a un héroe caballeresco. Ese contraste sostiene buena parte de la comicidad.
Los visitantes funciona porque el viaje en el tiempo no solo cambia la época: cambia el poder, la clase social y la forma de entender el mundo.
Para él, títulos, juramentos y linajes son hechos objetivos. En 1992 descubre que ese sistema sigue existiendo solo como recuerdo histórico o privilegio social.
El sirviente medieval empieza a comprender que el mundo moderno le permite aspirar a comodidades y autonomía que en su época estaban fuera de su alcance.
Ver a Clavier, Lemercier y Vial interpretando ancestros y descendientes hace que siglos de historia familiar se resuman en una cara reconocible y una personalidad completamente diferente.
Godefroy quería corregir una tragedia en su propio tiempo. La comedia empieza porque la solución mágica falla y convierte una misión heroica en choque cultural.
Electrodomésticos, policías, hoteles o restaurantes parecen completamente normales al espectador, pero vistos por alguien del siglo XII revelan lo arbitrarias que son muchas costumbres modernas.
El viaje en el tiempo importa menos que la relación entre un señor feudal y su escudero. Cuando el presente cambia esa jerarquía, la comedia encuentra su verdadero motor.
Los visitantes parecía arriesgada por casi todo lo que la hizo especial: lenguaje raro, Edad Media, humor físico, dobles papeles y una pareja protagonista que se comportaba como si el siglo XX fuera una pesadilla. El resultado fue exactamente lo contrario de lo que temían sus responsables financieros. En Francia se convirtió en la película número uno de 1993 y reunió a más de 13,7 millones de espectadores. Su éxito demuestra algo muy sencillo: a veces, aquello que parece difícil de vender es precisamente lo que hace que una película sea imposible de confundir con otra.
Una de las características más recordadas de Los visitantes estuvo a punto de desaparecer antes del rodaje: el viejo francés de Godefroy y Jacquouille. El productor Alain Terzian temía que una comedia cara ambientada en la Edad Media y hablada con vocabulario arcaico fuera incomprensible para el público joven. Christian Clavier y Jean-Marie Poiré tuvieron que defender la idea. Poiré buscó entonces un diccionario especializado y pasó horas seleccionando palabras que tuvieran dos cualidades: sonar antiguas y poder entenderse por contexto. De ahí surgieron expresiones como “souplette” o “merdasse”. El resultado no fue una reconstrucción académica del francés medieval, sino algo mejor para una comedia: un idioma propio, inmediatamente reconocible. Lo que parecía un problema comercial terminó siendo una de las razones por las que millones de espectadores podían reconocer a Jacquouille con solo escucharlo hablar.
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