Nunca había completado 18 hoyos
Cuando se presentó a la clasificación del Open de 1976, su experiencia se reducía a prácticas en campos, playas y terrenos cercanos. El torneo más prestigioso se convirtió también en su primera ronda completa.
Maurice Flitcroft marcó la casilla de «profesional» porque como aficionado necesitaba un hándicap oficial. Nadie comprobó su experiencia y terminó firmando 121 golpes: el peor resultado registrado en la clasificación del Open.
Descubrir más curiosidades
El gran Maurice transforma la vida del gruista Maurice Flitcroft en una historia sobre el derecho a fracasar persiguiendo algo propio. Craig Roberts y Mark Rylance evitan burlarse de su protagonista: el golf era desastroso, pero su capacidad para convertir una humillación en alegría terminó inspirando a miles de jugadores corrientes.
La increíble historia real, los alias imposibles y un rodaje que convirtió el fracaso en aventura.
Cuando se presentó a la clasificación del Open de 1976, su experiencia se reducía a prácticas en campos, playas y terrenos cercanos. El torneo más prestigioso se convirtió también en su primera ronda completa.
Los aficionados necesitaban declarar un hándicap oficial. Como Maurice no tenía ninguno, se inscribió como profesional. La organización pensó que nadie se atrevería a mentir en un formulario semejante y aceptó la solicitud.
Su tarjeta en Formby se convirtió en el peor resultado logrado por un supuesto profesional en la clasificación del Open. La cifra lo expulsó del golf oficial y, paradójicamente, lo hizo inmortal.
Flitcroft trabajaba en Vickers, en Barrow-in-Furness, y temía perder su empleo. El golf apareció tarde, a los 46 años, como la posibilidad absurda de empezar otra vida.
No creció dentro de clubes ni tenía tradición familiar en el deporte. Ver un torneo televisado le produjo una conclusión tan ingenua como poderosa: si otros podían intentarlo, él también.
Estudió un manual de Peter Alliss obtenido en la biblioteca y artículos de técnica. La teoría le ofrecía nombres, posturas y reglas; nada podía sustituir las miles de horas de práctica que nunca había tenido.
Sin acceso normal a un club, golpeaba bolas en la costa y en terrenos próximos a su casa. Practicaba un deporte elitista en espacios abiertos que no podían impedirle entrar.
Su equipo incluía una bolsa roja de imitación de cuero y palos baratos encargados a distancia. Frente al material de los profesionales, la diferencia anunciaba lo que iba a ocurrir antes del primer golpe.
Su lentitud y sus golpes erráticos bloquearon el recorrido. Algunos competidores protestaron y reclamaron la devolución de la inscripción, convencidos de que aquello había convertido la clasificación en un circo.
Tras descubrir el engaño, la organización cerró la puerta a nuevas inscripciones y modificó sus controles. Maurice había demostrado que la confianza institucional también podía tener un enorme agujero.
En lugar de abandonar, regresó con bigotes falsos, gafas oscuras y nuevas identidades. Cada intento convirtió una sanción deportiva en una comedia de infiltración cada vez más elaborada.
Uno de sus alias sonaba como «pay cheque», nómina en inglés, y recordaba además a Walter Danecki, otro aficionado que había engañado antes al sistema de inscripción del Open.
Maurice no se limitaba a cambiar el nombre. Inventaba procedencias y apariencias, intentando superar a responsables que ya conocían perfectamente su rostro y sus golpes.
El seudónimo absurdo resume su desafío a la solemnidad del golf. Cuanto más intentaban excluirlo, más evidente hacía que las normas sociales del deporte podían resultar tan cómicas como él.
Count Manfred von Hoffmanstel formó parte de su catálogo de identidades. El hombre al que los clubes rechazaban se fabricó un título nobiliario para volver a llamar a la misma puerta.
Maurice resumió su aventura diciendo que buscaba fama y fortuna, pero solo había conseguido una de las dos. La frase muestra que entendía perfectamente la dimensión cómica de su propio fracaso.
Cuando le explicaron que había logrado un récord, preguntó si eso quería decir que había ganado. Al saber que en golf vence la cifra más baja, respondió con ternura que todos debían empezar por algún sitio.
Gene y James Flitcroft se convirtieron realmente en campeones mundiales de disco. La familia produjo, al mismo tiempo, al golfista más improbable y a dos bailarines capaces de ganar donde su padre perdía.
Blythefield Country Club, en Michigan, celebró desde 1978 el Maurice Gerald Flitcroft Member-Guest. La competición homenajeaba a jugadores corrientes y convertía los errores en parte deliberada de la diversión.
Maurice y Jean viajaron a Estados Unidos con billetes de categoría superior para asistir al torneo. El hombre expulsado del Open encontró al otro lado del Atlántico un club que pronunciaba su nombre con orgullo.
Una edición incorporó un green con dos agujeros y otro con una copa de unos treinta centímetros. Allí la mala puntería no era una vergüenza: era exactamente la tradición que todos habían acudido a celebrar.
Simon Farnaby y Scott Murray escribieron The Phantom of the Open para impedir que la historia se perdiera. El guion se apoyó después en aquella investigación, no únicamente en los titulares del récord.
Desde las primeras conversaciones de Farnaby y el productor Tom Miller hasta el estreno pasó más de una década. Convertir una anécdota deportiva en una película sobre familia exigía encontrar el tono adecuado.
Uno de los hijos gemelos de Maurice colaboró como consultor. Sus recuerdos permitieron distinguir la extravagancia pública del padre cotidiano que animaba a sus hijos a perseguir sueños poco convencionales.
El actor trata a Maurice con absoluta sinceridad. La comedia surge del choque entre su fe y la realidad, no de guiños que pidan al público reírse de un hombre ingenuo.
Su apoyo no es ceguera ni simple resignación. Jean entiende las consecuencias, pero también sabe lo que significa para Maurice descubrir por fin algo que siente como propio.
La película mezcla el realismo obrero de los astilleros con colores, música y visiones casi soñadas. Así entra en la imaginación de Maurice sin negar el precio material de sus decisiones.
Anchor Wharf, dentro del Historic Dockyard Chatham, representó el lugar de trabajo de Maurice. Su pasado naval aportó escala industrial sin tener que construir grúas y naves desde cero.
El club de Kent sirvió para recrear la clasificación de 1978 en la que Maurice reaparece disfrazado como Gerald Hoppy. Una localización elegante recibe así al personaje que intenta burlar su exclusividad.
Su presentación mundial tuvo lugar en el BFI London Film Festival de 2021. La historia local de un gruista de Barrow regresó convertida en celebración nacional del fracaso más famoso del golf.
Director, guionista y familia explicaron por qué Maurice merecía algo más que una anécdota.
Antes del guion necesitaba investigar una vida que corría el riesgo de quedar reducida a 121 golpes. La familia, los alias y el viaje a Estados Unidos revelaron una historia mucho mayor.
El director se interesó por un hombre de clase trabajadora que se permitía soñar tarde. El deporte es el escenario; la película habla del valor, la vergüenza y la libertad de probar.
El hijo defendió que Maurice llegó a mejorar con los años. La etiqueta del peor golfista describe un récord real, pero no toda la relación que mantuvo con el deporte.
Su actuación evita juzgar desde arriba. Maurice puede engañar en un formulario y, a la vez, creer honestamente que merece la oportunidad de aprender delante de todos.
Los gemelos ganaron bailando, Michael buscó una carrera convencional y Maurice acumuló expulsiones. La película pregunta cuál de esas vidas fue realmente más valiente o más feliz.
Maurice no venció a ningún profesional, pero derrotó durante unas horas la idea de que ciertas puertas se protegen solas. Bastó marcar una casilla para demostrar que el prestigio del Open dependía también de que nadie imaginara a un gruista diciendo: «soy profesional».
En Estados Unidos entendieron algo que la R&A no podía celebrar: la mayoría de aficionados se parecía mucho más a Maurice que a un campeón. Su torneo convirtió los fallos en comunidad y creó reglas donde jugar mal podía ser exactamente la manera correcta de ganar.
Maurice Flitcroft tenía 46 años, trabajaba manejando una grúa y nunca había completado una ronda de golf cuando decidió intentar entrar en el Open Británico. El formulario planteaba un obstáculo: los aficionados debían aportar un hándicap oficial. Él no pertenecía a un club y no tenía ninguno, así que encontró una solución de una lógica impecable y absurda: si no podía inscribirse como aficionado, marcaría la casilla de profesional. La organización no comprobó su historial porque nadie imaginó que una persona sin experiencia se atrevería a presentarse en la clasificación. Maurice llegó con medio juego de palos comprado por correo, una bolsa barata y conocimientos aprendidos en un libro de biblioteca. Terminó el recorrido de Formby con 121 golpes, 49 sobre par, mientras los jugadores que venían detrás perdían la paciencia. Era el peor resultado registrado por un supuesto profesional en la clasificación del Open. La R&A lo prohibió de por vida y endureció sus normas, pero Maurice no interpretó aquello como el final. Regresó con bigotes, gafas y nombres como Gene Paycheki, Gerald Hoppy o Arnold Palmtree. Cada expulsión ampliaba la leyenda. Años después, un club de Michigan creó un torneo en su honor y lo invitó como celebridad. Allí comprendieron que casi ningún aficionado podía identificarse con los grandes campeones, pero todos habían sido alguna vez Maurice: alguien golpeando mal una pelota y disfrutando de todos modos. Su récord nació como una humillación. Él consiguió convertirlo en una forma de libertad.
Más historias sobre soñadores improbables, derrotas memorables y personas que se negaron a encajar.

Otro hombre subestimado atraviesa la historia siguiendo una lógica que el mundo no siempre comprende.
Leer curiosidades
Una vida real convertida en una biografía que se permite mirar al protagonista de una forma inesperada.
Leer curiosidades